Rudolf Hess: Der Führer


Rudolf Hess habla sobre Adolf Hitler:

Él opuso al materialismo de la época un nuevo idealismo. Opuso al egoísmo del individuo la exigencia: ¡El provecho común está antes del provecho propio! A la tendencia niveladora de la democracia y del marxismo opuso la fe en la fuerza creadora de la personalidad. A la tendencia de la "Internacional" de igualar a los pueblos opuso la doctrina de la personalidad propia de los pueblos, del valor de la raza, del valor de la Nación. Mientras el lado contrario trataba de exterminar todas las particularidades nacionales, el nacionalismo social exigía tradiciones populares y moral popular. A la negación de Dios opuso el concepto de la Omnipotencia divina, a la doctrina del pacifismo, la fe en las virtudes combativas.

A los adeptos del nacionalismo y del socialismo, a quienes parecía separar un mundo, que en apariencia se oponían irreconciliablemente, Adolf Hitler les dio una nueva plataforma común creando el concepto del "Nacionalsocialismo".
Enseñó que nacionalismo y socialismo son conceptos complementarios.

El verdadero nacionalismo debe exigir que cada miembro individual del pueblo sea sano en cuerpo y espíritu, a fin de que, de ser necesario, esté dispuesto y sea capaz de defender a su Nación hasta lo último.
El verdadero socialismo, a su vez, debe exigir que la Nación sea fuerte, a fin de que sea capaz de proteger la vida y los bienes del connacional individual.

Enseñó que todo miembro del pueblo que rinde un trabajo que redunda en beneficio de la generalidad es un miembro útil de este pueblo.
Enseñó además que trabajadores manuales y trabajadores mentales se complementan y dependen los unos de los otros, que el trabajo en cualquier forma merece ser honrado.

Rudolf Hess, 14 de mayo de 1935

El valor: Condición esencial de la felicidad


El valor es, después de la prudencia, una condición esencial a nuestra felicidad. Es indudable que no podemos darnos ni una ni otra de estas cualidades; se hereda la primera del padre, y la segunda, de la madre; sin embargo, por una resolución bien tomada y por el ejercicio, se llega a aumentar la parte que se posee. En este mundo, donde la suerte es de bronce, hay que tener un carácter de bronce, acorazado contra el destino y armado contra los hombres. Porque toda esta vida no es más que un combate; se nos disputa cada paso, y Voltaire dice, con razón: "Solo con la punta de la espada se triunfa en este mundo; se muere con las armas en la mano". Así que es de un alma cobarde dejarse abatir, perder valor y gemir, en cuanto las nubes se agrupan o simplemente asoman en el horizonte. Sea nuestra divisa: "No cedas a las adversidades, sino, por el contrario, marcha audaz contra ellas".

Mientras hay duda sobre el resultado de una cosa peligrosa, mientras queda una posibilidad para que el resultado sea favorable, no os debilitéis, no penséis más que en la resistencia; así como no hay que desesperarse del buen tiempo mientras aún queda en el cielo un rinconcito azul.

Ni la existencia misma, ni, con mayor razón, sus bienes, merecen, en definitiva, tan cobarde terror y tantas angustias.

Quocirca vivite fortes,
Fortiaque adversis opponite pectora rebus
(Por lo cual, vivid virtuosos y oponed un ánimo vigoroso a las adversidades)

Arturo Schopenhauer


20.IV.2012. Los héroes son eternos



Todavía lloro a veces cuando me acuerdo de tí
Todavía lloro a veces cuando oigo tu nombre
Te dije adiós y sé que ahora estás bien
Sin embargo, cuando las hojas comienzan a caer hacia abajo
Todavía lloro...

León Degrelle a la juventud de Europa



Hay para el mundo europeo ahora un peligro enorme,
un peligro exterior y un peligro interior, de segregación.
Todas esas fuerzas democráticas han hundido la familia,
idea de la patria, la idea de la religión. Han quitado
todo ideal, ya no hay vida espiritual y la vida espiritual
es lo principal en el mundo. Sin vida del alma no hay nada.


Que todas las cosas grandes que se han hecho en el mundo,
se han hecho siempre con poca gente. No es preciso tener
millones de gentes vagas, hay que tener corazones fuertes,
dispuestos al sacrificio, hasta la muerte si se es preciso.

Que saben lo que quieren, que saben dónde está el porvenir,
así se podrá salvar Europa: Si en Europa por todos lados
hay chicos y chicas como vosotros, si cada uno hace el esfuerzo
para convencer a los otros, que sea el día de la gran cuenta,
se presentarán por toda Europa estos millares de jóvenes que
pueden salvar lo que queda. Estos jóvenes existen, existen aquí,
existen en todos los países de Europa, son ellos los que un día,
el día de Dios, cuando Dios nos ayudará también y nos inspirará
se podrá llegar a la salvación.

Peligros enormes, posibilidad enorme defienden ellas de vosotros.

¡Viva Europa!

Joseph Stieler: El maestro del retrato



Johann Wolfgang von Goethe       




Helena Sedlmayr



Lola Montez




Ludwig van Beethoven



Oscar I de Suecia



Ludwig I


Adolf Hitler y la crisis de la democracia



Adolf Hitler habla de la crisis de la democracia y del nacionalsocialismo como solución:


La gente, come, bebe, se viste, toma parte en unas cuantas diversiones y se queda satisfecha al pensar que la generación siguiente disfrutará de la misma tranquilidad contemplativa y llevará también la misma existencia contemplativa, si Dios quiere.
No creo que todas las personas, incluso de las naciones que nos rodean sean felices con esta vida. Al contrario, siempre estoy viendo como la juventud se siente atraída por nosotros, cómo después de una breve permanencia en Alemania apenas si quiere ya regresar a su tierra, como les emociona el saberse partícipes de un movimiento histórico mundial, pues no existe duda alguna en tal aspecto: el mundo se encuentra acualmente en una evolución caracterizada por la crisis.


La que estamos viviendo es, sobre todo, la crisis de la democracia. Y por consiguiente, también la crisis de los Estados, de las formas estatales en sí,pues lo que hoy comprendemos bajo la palabra "Estado", lo que se nos muestra como realidad bajo el concepto "Estado", es la antítesis más natural del concepto "democracia".
Este Estado, al igual que todos, ha surgido por la eliminación de los puros intereses del capricho y también del egoísmo del individuo. La democracia aspira a colocar al individuo en el centro de todo el acontecer nacional. Por lo tanto, es imposible que a la larga pueda escapar a la crisis que ha de resultar de tal disparidad de criterios.


En Alemania, esta forma de democrática ha sido sustituída por el Estado nacionalsocialista.


Ahora bien, hay algo que hemos de admitir como seguro: esta lucha que yo califico de crisis de las democracias es una lucha inevitable, y terminará por surgir en todas las naciones del mundo, surgirá sin remedio, sin que tenga importancia en sí el tiempo que transcurre hasta dicho momento. Lo mismosi esta lucha estalla en Francia en 1937, o en 1940, o en 1970, el plazo no tiene importancia alguna. Tampoco la tendría aunque el estallido se produjera en el año 2000. Lo que es seguro es que, a la larga, el Estado no puede existir cuando está dirigido por una democracia parlamentaria. Esto es seguro. Y también lo es que del contraste existente entre el Estado y esta democracia parlamentaria nacerá un día una situación de crisis que conducirá a un estado de tensión, tras el cual, como es lógico, vendrá una distensión. Lo que no es seguro es la forma en la que los diversos Estados solucionarían particularmente este problema. Unos lo solucionarían siendo víctimas de una dominación extranjera, otros pueblos tengan, quizás las energías suficientes para salir sin ayuda extraña de este problema, para resolverlo por sí mismos.


Al considerar esto, todos nos damos perfecta cuenta de que este Estado es la fuente de todo nuestro rendimiento. Nosotros los nacionalsocialistas, hemos hallado una definición concreta para el Estado: decimos que el Estado no puede ser una organización, llamémosla X, de un número X, de personas, sino que únicamente tiene sentido cuando su cometido fundamental es el mantenimiento de una nacionalidad viva. Ha de ser no solamente el mantenedor de la vida de un pueblo, sino, sobre todo, el mantenedor de la identidad de un pueblo. De lo contrario, el Estado no tendrá, a la larga, sentido alguno, pues carece de sentido formar una organización por la organización en sí.

 
Fragmento del discurso de Adolf Hitler a los "Kreisleiter". 29 de abril de 1937

José Antonio Primo de Rivera: Germánicos contra Bereberes





 José Antonio Primo de Rivera: Germánicos contra
 Bereberes, España contra Al-Andalus o la España laboriosa contra la España
 que "sabe vivir" ( I )

¿Qué fue la Reconquista? Un criterio superficial de la Historia tiende a considerar España como una especie de fondo o substratum permanente sobre el cual desfilan diversas invasiones, a las que nos hace asistir como solidarios con aquel elemento aborigen. Dominación fenicia, cartaginesa, romana, goda, africana... De niños hemos presenciado mentalmente todas esas dominaciones en calidad de sujetos pacientes; es decir, como miembros del pueblo invadido. Ninguno de nosotros, en su infancia romancesca, ha dejado de sentirse sucesor de Viriato, de Sertorio, de los Numantinos. El invasor era siempre nuestro enemigo; el invadido nuestro compatriota.

Cuando la cosa se considera más despacio, ya al apuntar la madurez, cae uno en esta perplejidad: después de todo -se pregunta- no sólo mi cultura sino aún mi sangre y mis entrañas ¿tienen más de común con el celtíbero aborigen que con el romano civilizado? Es decir, ¿no tendré un perfecto derecho, aún por fuero de la sangre, a mirar la tierra española con ojos de invasor romano; a considerar con orgullo esta tierra no como remota cuna de los míos sino como incorporada por los míos a una nueva forma de cultura y de existencia? ¿Quién me dice que, en el sitio de Numancia, haya dentro de las murallas más sangre mía, más valores de cultura míos, que en los campamentos sitiadores?

Quizá podamos entender esto señaladamente bien los que procedemos de familias que han visto nacer muchas de sus generaciones en la América hispana. Nuestros antepasados transatlánticos, como nuestros actuales parientes de allá, se sienten tan americanos como nosotros españoles; pero saben que su calidad americana les viene como descendientes de los que dieron a América su forma presente. Sienten a América como entrañablemente suya porque sus antepasados la ganaron. Aquellos antepasados procedían de otro solar, que ya es, para sus descendientes, más o menos extranjero. En cambio la tierra en que actualmente viven, siglos atrás extranjera, es ahora la suya, la definitivamente incorporada por unos remotos abuelos al destino vital de su estirpe.

Estos dos puntos de vista descansan sobre dos maneras de entender la patria: o como razón de tierra o como razón de destino. Para unos la patria es el asiento físico de la cuna; toda tradición es una tradición espacial, geográfica. Para otros la patria es la tradición física de un destino; la tradición, así entendida, es predominantemente temporal, histórica.

Con esta previa delimitación de conceptos cabe reasumir la cuestión inicial: ¿qué fue la Reconquista? Ya se sabe: desde el punto de vista infantil, el lento recobro de la tierra española por los españoles contra los moros que la habían invadido. Pero la cosa no fue así. En primer lugar los moros (es más exacto llamarles "los moros" que "los árabes"; la mayor parte de los invasores fueron berberiscos del Norte de África; los árabes, raza muy superior, formaban solamente la minoría directora) ocuparon la casi totalidad de la Península en poco tiempo más del necesario para una toma de posesión material, sin lucha. Desde Guadalete (año 711) hasta Covadonga (718) no habla la Historia de ninguna batalla entre forasteros e indígenas. Hasta el reino de Todomir, en Murcia, se constituyó por buenas componendas con los moros. Toda la inmensa España fue ocupada en paz. España, naturalmente, con los españoles que habitaban en ella. Los que se replegaron hacia Asturias fueron los supervivientes de entre los dignatarios y militares godos; es decir, de los que tres siglos antes habían sido, a su vez, considerados como invasores. El fondo popular indígena (celtibérico, semítico en gran parte, norteafricano por afinidad en otra, más o menos romanizado todo él) era tan ajeno a los godos como a los agarenos recién llegados. Es más: sentía muchas más razones de simpatía étnica y consuetudinaria con los vecinos del otro lado del estrecho que con los rubios danubianos aparecidos tres siglos antes. Probablemente la masa popular española se sintió mucho más a su gusto gobernada por los moros que dominada por los germanos. Esto al principio de la Reconquista; al final no hay ni que hablar. Después de 600, de 700, de casi (en algunos sitios) 800 años de convivencia, la fusión de sangre y usos entre aborígenes y bereberes era indestructible; mientras que la compenetración entre indígenas y godos, entorpecida durante 200 años por la dualidad jurídica y en el fondo rehusada siempre por el sentido racial de los germánicos, no pasó nunca de ser superficial.

La Reconquista no es, pues, una empresa popular española contra una invasión extranjera; es, en realidad, una nueva conquista germánica; una pugna multisecular por el poder militar y político entre una minoría semítica de gran raza -los árabes- y una minoría aria de gran raza -los godos-. En esa pugna toman parte bereberes y aborígenes en calidad de gente de tropa unas veces y otras veces en actitud de súbditos resignados de unos u otros dominadores, quizá con marcada preferencia, al menos en gran parte del territorio, por los sarracenos.
Hasta tal punto es la Reconquista una guerra entre partidos y no una guerra de la independencia que a nadie se le ha ocurrido nunca llamar los "españoles" a los que combatían contra los agarenos, sino "los cristianos" por oposición a "los moros". La Reconquista fue una disputa bélica por el poder político y militar entre dos pueblos dominadores, polarizada en torno de una pugna religiosa.

Del lado cristiano los jefes preeminentes son todos de sangre goda. A Pelayo se le alza en Covadonga sobre el pavés como continuador de la Monarquía sepultada junto al Guadalete. Los capitanes de los primeros núcleos cristianos tienen un aire inequívoco de príncipes de sangre y mentalidad germánica. Más: se sienten ligados desde el principio a la gran comunidad catolicogermánica europea. Cuando Alfonso el Sabio aspira al trono imperial no adopta una actitud extravagante: pleitea, con el alegato de la madurez política de su reino, por lo que podía alentar desde siglos antes en la conciencia de príncipe cristianogermánico de cada jefe de los Estados reconquistadores. La Reconquista es una empresa europea -es decir, en aquella sazón, germánica-. Muchas veces acuden de hecho para guerrear contra los moros señores libres de Francia y de Alemania. Los reinos que se forman tienen una planta germánica innegable. Acaso no haya Estados en Europa que tengan mejor impreso el sello europeo de la germanidad que el condado de Barcelona y el reino de León.

En esquema -abstracción hecha de los mil acarreos e influencias recíprocas de todos los elementos étnicos removidos durante ochocientos años- la Monarquía triunfante de los Reyes Católicos es la restauración de la Monarquía góticoespañola, católicoeuropea, destronada en el siglo VIII. La mentalidad popular distinguía entonces difícilmente entre nación y rey. Por otra parte, considerables extensiones de España, singularmente Asturias, León y el Norte de Castilla habían sido germanizadas, casi sin solución de continuidad, durante mil años (desde principios del siglo V hasta fines del XV, sin más interrupción que los años que van desde el Guadalete hasta el recobro de las tierras del Norte por los jefes godocristianos) sin contar con que su afinidad étnica con el Norte de África era mucho menor que la de las gentes del Sur y Levante. La unidad nacional bajo los Reyes Católicos es, pues, la edificación del Estado unitario español con el sentido europeo, católico, germánico, de toda la Reconquista. Y la culminación de la obra de germanización social y económica de España, no se olvide esto, porque quizá por ahí va a encontrar la constante berebere su primera rendija para la rebelión.
En efecto: el tipo de dominación árabe era preponderantemente político y militar. Los árabes tenían vagamente el sentido de la territorialidad. No se adueñaban de las tierras, en el estricto sentido jurídicoprivado. Así pues la población campesina de las comarcas más largamente dominadas por los árabes (Andalucía, Levante) permanecía en una situación de libre disfrute de la tierra, en forma de pequeña propiedad y, acaso, de propiedades colectivas. El andaluz aborigen, semiberebere, y la población berebere que nutrió más copiosamente las filas árabes, gozaba, pues, una paz elemental y libre, inepta para grandes empresas de cultura, pero deliciosa para un pueblo indolente, imaginativo y melancólico como el andaluz. En cambio los cristianos, germánicos, traían en la sangre el sentido feudal de la propiedad. Cuando conquistaban las tierras erigían sobre ellas señoríos, no ya puramente políticomilitares como los de los árabes, sino patrimoniales al mismo tiempo que políticos. El campesino pasaba, en el caso mejor, a ser vasallo; tiempo adelante, cuando por la atenuación del aspecto jurisdiccional, político, los señoríos van subrayando su carácter patrimonial, los vasallos, completamente desarraigados, caen en la condición terrible de jornaleros.

La organización germánica, de tipo aristocrático, jerárquico, era, en su base, mucho más dura. Para justificar tal dureza se comprometía a realizar alguna gran tarea histórica. Era, en realidad, la dominación política y económica sobre un pueblo casi primitivo. Toda aquella enorme armadura: Monarquía, Iglesia, aristocracia, podía intentar la justificación de sus pesados privilegios a título de cumplidora de un gran destino en la Historia. Y lo intentó por doble camino: la conquista de América y la Contrarreforma.

José Antonio Primo de Rivera y Saénz de Heredia.
 Fragmento de "Germánicos contra Bereberes; quince siglos de Historia de España" (13 de agosto de 1936)

Ramiro Ledesma y la Iglesia Católica






La Iglesia Católica y su interferencia con la Revolución Nacional.

Antes hemos aludido a la necesidad de abordar el tema del catolicismo, y sus interferencias con la empresa política y revolucionaria de las juventudes nacionales. El tema será todo lo arduo y delicado que se quiera, pero hay que hacerle frente y obtener de él consecuencias estratégicas.
La Iglesia puede decirse que fue testigo del nacimiento mismo de España como ser histórico. Está ligada a las horas culminantes de nuestro pasado nacional, y en muchos aspectos unida de un modo profundo a dimensiones españolas de calidad alta. Es además una institución que posee algunas positivas ventajas de orden político, como por ejemplo, su capacidad de colaboración, de servicio, si en efecto encuentra y se halla con poderes suficientemente inteligentes para agradecerlo, y suficientemente fuertes y vigorosos para aceptarlo sin peligros.

Parece incuestionable que el catolicismo es la religión del pueblo español y que no tiene otra. Atentar contra ella, contra su estricta significación espiritual y religiosa, equivale a atentar contra una de las cosas que el pueblo tiene, y ese atropello no puede nunca ser defendido por quienes ocupen la vertiente nacional. Todo esto es clarísimo y difícilmente rebatible, aun por los extraños a toda disciplina religiosa y a toda simpatía especial por la Iglesia.

Ahí termina la que podemos llamar declaración de principios de la revolución nacional con respecto a la religión católica. Pensar traspasarla en un sentido o en otro desfigura totalmente la victoria nacional, y hasta la pone en riesgo y peligro de no ser lograda.

La empresa de edificar una doctrina nacional, un plan de resurgimiento histórico, una estrategia de lucha, unas instituciones políticas eficaces, etc., es algo que puede ser realizado sin apelar al signo católico de los españoles, y no sólo eso, sino que los católicos deben y pueden colaborar en ella, servirla, en nombre de su dimensión nacional, en nombre de su patriotismo, y no en nombre de otra cosa.

Ello por muchas razones: una, porque se trata de una empresa histórica, temporal, como es la de conseguir la grandeza de España y la dignidad social de los españoles. Otra, que evidentemente pueden colaborar también en tal empresa gentes alejadas de toda disciplina confesional. Y otra, que es una empresa que la Iglesia católica misma ni intenta, ni debe, ni se le permitiría emprender.

Pues no se olvide que la revolución nacional quiere y desea descubrir un manojo de verdades españolas, tanto de índole nacional como de índole social, que puedan y deban ser abrazadas por parte de todo el pueblo, sin posibilidad de crítica ni disidencia. Nosotros sabemos que la vida histórica de España está pendiente de la vigencia de ese manojo de magnas e indiscutibles cosas, garantizadoras de su unidad moral y de su cohesión. Precisamente, la revolución nacional tiene su justificación en la ausencia contemporánea de esas unanimidades en el espíritu de nuestro pueblo.
Algún día la unidad moral de España era casi la unidad católica de los españoles. Quien pretenda en serio que hoy puede también aspirarse a tal equivalencia demuestra que le nubla el juicio su propio y personal deseo. No. Ahora bien, ocurre asimismo que sólo bajo el signo de la democracia burguesa y parlamentarista, es decir, sólo bajo la vigencia de un régimen político demoliberal, podría España vivir o malvivir sin solidaridad nacional profunda, sin unidad moral.
La tarea de crearla, de propagarla, de imponer coactivamente sus postulados es una de las finalidades históricas, la más alta, de este momento, en que asistimos sin ninguna duda a la ruina y a la decrepitud irremediable de aquel sistema, a la imposibilidad de que rijan la vida española instituciones sin fe, espectadoras e incrédulas.

Fe y credo nacional, eficacia social para todo el pueblo, pedimos. Pues sabemos que sólo así dispondremos de instrumentos victoriosos, y que sólo así no caeremos en vil tiranía imponiendo a todos su obligación nacional y su fidelidad a los destinos históricos de España. En nombre de la Patria y en nombre de la liberación social de todo el pueblo, no nos temblaría el pulso para cualquier determinación, por grave y sangrienta que fuese. Sí le temblaría hoy, en cambio — y haría bien en temblarle —, a la Iglesia para una decisión coactiva sobre los incrédulos.
La revolución nacional es empresa a realizar como españoles, y la vida católica es cosa a cumplir como hombres, para salvar el alma. Nadie saque, pues, las cosa de quicio ni las entrecruce y confunda, porque son en extremo distintas. Sería angustiosamente lamentable que se confundieran las consignas, y esta coyuntura de España que hoy vivimos se resolviera como en el siglo XIX en luchas de categoría estéril.

España, camaradas, necesita patriotas que no le pongan apellidos. Hay muchas sospechas — y más que sospechas — de que el patriotismo al calor de las Iglesias se adultera, debilita y carcome. El yugo y las saetas, como emblema de lucha, sustituye con ventaja a la cruz para presidir las jornadas de la revolución nacional.

Ramiro Ledesma Ramos, Fragmento de "Discurso a las juventudes de España", 1935.

Adolf Hitler y la bandera Nacionalsocialista


"Adolf Hitler habla de la creación de la bandera nacionalsocialista":

La cuestión de nuestra bandera, es decir, lo relacionado con su aspecto, nos preocupó por entonces muy intensamente. De todos lados recibíamos sugerencias bien intencionadas, pero carentes de valor práctico. Por mi parte me pronuncié en favor de la conservación de los antiguos colores del Reich, no solo porque como soldado son ellos para mí lo más sagrado de la vida, sino también por su efecto estético, ya que mejor que cualquier otra combinación armonizan con mi propio modo de sentir.

Yo mismo, después de innumerables ensayos, logré precisar una forma definitiva: sobre un fondo rojo, un disco blanco y en el centro de éste, la cruz gamada en negro. Igualmente, después de largas experiencias, pude encontrar una relación apropiada entre la dimensión de la bandera y la del disco y entre la forma y el tamaño de la svástica. Y así quedó.

Inmediatamente se mandó confeccionar brazaletes de la misma combinación para nuestras tropas de orden, esto es, un brazatelerojosobre el cual aparece el disco blanco y la svástica negra. También la insignia del partido fué creada siguiendo la misma orientación.

En el verano de 1920 lucimos por primera vez nuestra bandera. Correspondía admirablemente a la índole de nuestro naciente movimiento: ¡jóvenes y nuevos eran ambos!

¡Y realmente es un símbolo! No sólo porque mediante sus colores, ardientemente amados por nosotros y que tantas glorias conquistaron para el pueblo, testimoniamos nuestro respeto al pasado, sino porque ese símbolo es también la mejor encarnación de los propósitos del movimiento. Como socialistas nacionales, vemos en nuestra bandera nuestro programa. En el rojo, la idea social del movimiento; en el blanco, la idea nacionalista y en la svástica la misión de luchar por la victoria del hombre europeo, y al mismo tiempo, por el triunfo de la idea del trabajo productivo.



Dos años más tarde, cuando nuestra tropa de orden se había convertido en una "sección de asalto" (SA Sturm-Abteilung) que abarcaba muchos miles de hombres, se hizo necesario darle a esta organización de lucha de la nueva concepción ideológica, un símbolo especial de la victoria: El Estandarte.

Adolf Hitler, "Mi Lucha".

José Antonio Primo de Rivera: El Estado Liberal



Nada de un párrafo de gracias. Escuetamente, gracias, como corresponde al laconismo militar de nuestro estilo.

Cuando, en marzo de 1762, un hombre nefasto, que se llamaba Juan Jacobo Rousseau, publicó El contrato social, dejó de ser la verdad política una entidad permanente. Antes, en otras épocas más profundas, los Estados, que eran ejecutores de misiones históricas, tenían inscritas sobre sus frentes, y aun sobre los astros, la justicia y la verdad. Juan Jacobo Rousseau vino a decirnos que la justicia y la verdad no eran categorías permanentes de razón, sino que eran, en cada instante, decisiones de voluntad.

Juan Jacobo Rousseau suponía que el conjunto de los que vivimos en un pueblo tiene un alma superior, de jerarquía diferente a cada una de nuestras almas, y que ese yo superior está dotado de una voluntad infalible, capaz de definir en cada instante lo justo y lo injusto, el bien y el mal. Y como esa voluntad colectiva, esa voluntad soberana, sólo se expresa por medio del sufragio –conjetura de los más que triunfa sobre la de los menos en la adivinación de la voluntad superior–, venía a resultar que el sufragio, esa farsa de las papeletas entradas en una urna de cristal, tenía la virtud de decirnos en cada instante si Dios existía o no existía, si la verdad era la verdad o no era la verdad, si la Patria debía permanecer o si era mejor que, en un momento, se suicidase.

Como el Estado liberal fue un servidor de esa doctrina, vino a constituirse no ya en el ejecutor resuelto de los destinos patrios, sino en el espectador de las luchas electorales. Para el Estado liberal sólo era lo importante que en las mesas de votación hubiera sentado un determinado número de señores; que las elecciones empezaran a las ocho y acabaran a las cuatro; que no se rompieran las urnas. Cuando el ser rotas es el más noble destino de todas las urnas. Después, a respetar tranquilamente lo que de las urnas saliera, como si a él no le importase nada. Es decir, que los gobernantes liberales no creían ni siquiera en su misión propia; no creían que ellos mismos estuviesen allí cumpliendo un respetable deber, sino que todo el que pensara lo contrario y se propusiera asaltar el Estado, por las buenas o por las malas, tenía igual derecho a decirlo y a intentarlo que los, guardianes del Estado mismo a defenderlo.




De ahí vino el sistema democrático, que es, en primer lugar, el más ruinoso sistema de derroche de energías. Un hombre dotado para la altísima función de gobernar, que es tal vez la más noble de las funciones humanas, tenía que dedicar el ochenta, el noventa o el noventa y cinco por ciento de su energía a sustanciar reclamaciones formularias, a hacer propaganda electoral, a dormitar en los escaños del Congreso, a adular a los electores, a aguantar sus impertinencias, porque de los electores iba a recibir el Poder; a soportar humillaciones y vejámenes de los que, precisamente por la función casi divina de gobernar, estaban llamados a obedecerle; y si, después de todo eso, le quedaba un sobrante de algunas horas en la madrugada, o de algunos minutos robados a un descanso intranquilo, en ese mínimo sobrante es cuando el hombre dotado para gobernar podía pensar seriamente en las funciones sustantivas de Gobierno.

Vino después la pérdida de la unidad espiritual de los pueblos, porque como el sistema funcionaba sobre el logro de las mayorías, todo aquel que aspiraba a ganar el sistema ,tenía que procurarse la mayoría de los sufragios. Y tenía que procurárselos robándolos, si era preciso, a los otros partidos, y para ello no tenía que vacilar en calumniarlos, en verter sobre ellos las peores injurias, en faltar deliberadamente a la verdad, en no desperdiciar un solo resorte de mentira y de envilecimiento. Y así, siendo la fraternidad uno de los postulados que el Estado liberal nos mostraba en su frontispicio, no hubo nunca situación de vida colectiva donde los hombres injuriados, enemigos unos de otros, se sintieran menos hermanos que en la vida turbulenta y desagradable del Estado liberal.

Y, por último, el Estado liberal vino a depararnos la esclavitud económica, porque a los obreros, con trágico sarcasmo, se les decía: "Sois libres de trabajar lo que queráis; nadie puede compeleros a que aceptéis unas u otras condiciones; ahora bien: como nosotros somos los ricos, os ofrecemos las condiciones que nos parecen; vosotros, ciudadanos libres, si no queréis, no estáis obligados a aceptarlas; pero vosotros, ciudadanos pobres, si no aceptáis las condiciones que nosotros os impongamos, moriréis de hambre, rodeados de la máxima dignidad liberal". Y así veríais cómo en los países donde se ha llegado a tener Parlamentos más brillantes e instituciones democráticas más finas, no teníais más que separamos unos cientos de metros de los barrios lujosos para encontramos con tugurios infectos donde vivían hacinados los obreros y sus familias, en un límite de decoro casi infrahumano. Y os encontraríais trabajadores de los campos que de sol a sol se doblaban sobre la tierra, abrasadas las costillas, y que ganaban en todo el año, gracias al libre juego de la economía liberal, setenta u ochenta jornales de tres pesetas.

José Antonio Primo de Rivera y Saénz de Heredia

(Fragmento del Discurso inaugural de la fundación de Falange Española en el Teatro de la Comedia de Madrid, el día 29 de octubre de 1933)

¿Qué es Europa?



Cientos de millones de seres amasados por la misma civilización, formados por decenas de siglos de la misma expansión intelectual. Miles de obras de arte, las más perfectas de la historia de la humanidad. Es el derecho, codificado desde la Roma de los césares. Es la fe, que ha sostenido y unido espiritualmente durante dos mil años a nuestros diferentes pueblos. Son los genios que la han iluminado, como antorchas frente a la noche de los otros mundos.
Europa era la sangre más pura. Era el conjunto más impresionante de las creaciones del espíritu. Y si todos los pueblos europeos llegasen a comprenderse y unirse, podía ser también la independencia económica absoluta, con la utilización común de las materias primas, de las técnicas y de los mercados.
Esa Europa hubiera formado la más hermosa y completa unidad del universo, construida sobre treinta siglos de un pasado incomparable, abierta a un porvenir casi sin límite. La Europa forjada por Hitler hubiese sido la dueña del mundo.
Era quizá la última vez que tal gesta europea sería posible. Entonces,  ¿Qué? ¡Valía la pena luchar y morir!

León Degrelle

¡Cuándo Dios era Español!

ANNO DOMINI MCDXCII: ¡Cuándo Dios era Español!



2 de enero de 1492: Epopeya de Granada y extirpación total de la morisma, consiguiéndose arrebatar y reconquistar al Islam la Hispania perdida 781 años antes.

"La rendición de Granada", de Francisco Pradilla Ortíz (1848-1921)



31 de marzo de 1492: "Edicto de expulsión de los judíos", firmado en Granada por los Reyes Católicos, poniendo fin al proselitismo hebreo por mala voluntad hacia España y a la Iglesia Católica.

"Expulsión de los judíos de España (año de 1492)",
de Emilio Sala Francés (1850-1910)



11 de agosto de 1492: Elección de Rodrigo de Lançol y Borja, o Borgia en italiano (Játiva, Valencia, 1 de enero de 1431 - Roma, 18 de agosto de 1503), como Sumo Pontífice de la Iglesia Católica bajo el nombre de Alejandro VI, tras la muerte del Papa Inocencio VIII el 25 de julio de 1492. Expidió la Bula Si convenit el 19 de diciembre de 1496 por la que otorgó el título de Católico a Isabel I de Castilla y a Fernando II de Aragón y V de Castilla, los Reyes Católicos, y en sus cuatro Bulas alejandrinas (1493) adjudicaba a la Corona de España el derecho a conquistar y la obligación de evangelizar las tierras descubiertas en las Indias Occidentales o América, culminando ello en el Tratado de Tordesillas (7 de junio de 1494) entre España y Portugal, entre los Reyes Católicos y Juan II de Portugal, por el que ambas Coronas se dividían el Nuevo Mundo.

"El Papa Alejandro VI ante la Virgen María (su favorita Giulia Farnese)",
de Bernardino di Betto di Biagio Pinturicchio (1454-1513)



18 de agosto de 1492: Elio Antonio de Nebrija (Lebrija, Sevilla, 1441-Alcalá de Henares, Madrid, 1522), nombre adoptado, siguiendo la costumbre renacentista, por Antonio Martínez de Cala y Jarava, más conocido como Antonio de Nebrija o de Lebrija, el más grande humanista de España, publicó en Salamanca la primera "Gramática de la lengua castellana", dedicada y presentada ante la más grande reina española, Isabel I, "la Católica", definiendo a la lengua española ante la reina como "la compañera del Imperio".

Elio Antonio de Nebrija (1441-1522)



12 de octubre de 1492: Descubrimiento, colonización y evangelización de América.


"Colón ofreciendo el Nuevo Mundo a los Reyes Católicos",
de Antonio González Velázquez (1723-1794)





Ya se acerca, Señor, o ya es llegada
la edad dichosa en que promete el cielo
una grey y un pastor solo en el suelo,
por suerte a nuestros tiempos reservada.

Ya tan alto principio en tal jornada
nos muestra el fin de vuestro santo celo,
y anuncia al mundo para más consuelo
un monarca, un imperio y una espada.


Diego Hernando de Acuña (1520-1580) al
Emperador Carlos I de España y V de Alemania



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